27 de febrero de 2011

El arte, refractario a lo social

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Entrevista de Philippe Sollers sobre el Arte en el marco de las jornadas de los "Nouveaux Territoires de l’Art". Encuentro internacional en La Friche Belle de Mai, Marsella el 14-15-16 de febrero del 2002

Tengo la impresión de que estamos entrando en una época en la cual la sociedad invade todos los modos de existencia y creación posibles, señal de que el mecanismo de una ‘sociología permanente’ está comenzando a instalarse. Es esencial, en ese caso, saber cómo se posiciona este mecanismo con respecto a los dominios que escapan tradicionalmente al campo social... así como es importante preguntarse cómo esos dominios, a su vez, se posicionan ante un tal mecanismo. En otras palabras, hay ahí intercambio, o fagocitosis?

En el dominio del arte, parece que la ‘socio-manía’ ha producido un efecto un tanto perverso : ha reducido el arte a una agitación cultural alrededor de él mismo, a expensas de la valoración de sus contenidos. Y obligando a  menudo a los artistas a no ser más que instaladores de eventos pasajeros, por lo general subvencionados, ha ido reduciendo su papel a aquel de animadores culturales ‘contemporáneos’, testigos necesarios y suficientes de su entorno social. Yo me pregunto si no hay ahí la supervivencia de una vieja teoría del reflejo[1], introducida como una perfusión, gota a gota, en el pasaje de un realismo socialista a un realismo socio-maníaco endiablado por la mercancía. Y afirmar que los artistas expresan necesariamente lo colectivo, que expresan la sociedad, que la sienten, no es tal vez más que una manera de someterse a esta teoría.

El arte, víctima de la evacuación de su historia

Creo, por otro lado, que la obra de arte piensa, como el individuo a quien está destinada, y que ella se inscribe en la Historia, mientras que el arte llamado ‘contemporáneo’, en el cual ciertos logros son indudables, se inscribe (como la sociedad) en un tiempo irreversible. Pero en últimas poco importa saber si el artista se inscribe o no en tal o cual fase del llamado arte contemporáneo. Lo que cuenta, es que, refractario a toda demanda colectiva, la personalidad del artista afirma su deseo y su visión personal del mundo. Y esta visión no será del todo imprevista si se conoce bien la historia del arte considerado.

Desafortunadamente, la ‘socio-manía’ a causado una violenta evacuación de la Historia de la Cultura. Esta evacuación ha puesto bruscamente el pasado en un estado de disponibilidad no-crítica que se prolonga hasta el interior de los procesos de creación artística generando pintores incapaces de dibujar, y escritores que no leen nunca... Ese fenómeno tiene también consecuencias sobre la manera en que la obra es percibida : termina por ser vista sin ser verdaderamente observada, rozada superficialmente sin llegar a ser tocada. Y en últimas, uno sospecha que la disponibilidad no-crítica del pasado contribuye sobre todo a substituir el mercado a todos los otros criterios. Creador o espectador, uno se pregunta ante todo : ‘Qué es lo que está previsto por el mercado? Qué es lo que está producido de antemano para el mercado? Qué es lo que se impone en el mercado mismo?’.

El sistema instrumentaliza aquello que lo refuta

El principio de la lucha está él mismo sometido a una cierta cantidad de actitudes preestablecidas, de funcionamientos previsibles que provienen de una misma gestión : socializar todo, absolutamente. Las réplicas están previstas, las luchas están anticipadas, los colectivos son eventualmente estimulados e incluso si creen ser libres, serán vigilados. No se encuentra acaso, en todo colectivo, alguien encargado de establecer una forma de vigilancia, de determinar hasta dónde se puede ir y cuáles son los límites que no deben franquearse?

Entonces, en esta medida, quién es el artista? Yo creo que, hoy, aquel que no esté ni en la institución, ni en el dogma de la ‘lucha contra’ tiene probablemente una oportunidad de serlo. El artista debe luchar sobre estos dos frentes : nada de marginalización, nada de institucionalización. Debe esforzarse en desviar el encargo social y voltearlo contra él mismo, como ha sucedido ya en el pasado con la iglesia o la burguesía del siglo diecinueve. Y como debe ser el caso hoy en día con la sociedad mundial del espectáculo. El artista tiene la tarea delicada y compleja de no responder a ninguna demanda y de no rechazar ninguna demanda. El artista no debe ni aceptar, ni rechazar. El artista debe imponerse. Que es igualmente a lo que la socio-manía se opone esperando convercer acerca de la posibilidad y la necesidad de una reconciliación entre el artista y la sociedad. Que chiste!

El arte es un proceso de individuación

Las obras de arte son todas el resultado de aventuras individuales extremadamente impresionantes, extremadamente concentradas. Estas aventuras pudieron haber sido duras, muy duras, o particularmente fáciles. Poco importa, es necesario que cada cual llegue con una ambición considerable en relación a su campo de práctica. En caso contrario (aquel de la interdisciplinariedad, por ejemplo) no se puede ser singular en su práctica. Y esto es válido tanto para aquel que crea como para aquel que observa, o lee, o escucha... el arte, es algo que se pasa de uno a uno. El arte toca a los seres en lo más profundo y les enseña una libertad que es, por definición, asocial. Algo que la sociedad es incapaz de entender, ciertamente, puesto que ella se ocupa ante todo de organizar las masas, la población.

La democratización del arte

Yo estoy, claro está, a favor de la democracia de los ciudadanos, de la organización social. Pero no adhiero a la democratización del arte porque es un gesto de asignación, de tarea, y porque la asignación no apela a la sensibilidad. La única democratización válida consistiría en hacer de tal modo que el ciudadano, el individuo, sepa que si su sensibilidad puede ser despertada por una sola obra de arte, entonces tendrá acceso a todas las otras, en todas las épocas. Lo que yo le pido siempre a la gente que me habla de arte, es que me hablen de una obra en particular, una sóla... de un poema, un sólo poema, un Baudelaire, una pequeña iluminación de Rimbaud, así sean unas pocas líneas... un sólo cuadro, incluso uno muy pequeño, incluso casi nada. Me dan ganas de decir : ‘No, no me hablen de arte. Háblenme de tal o cual evento que se produce en la pintura, en la escultura, en la arquitectura. Pero háblenme de una cosa...’ El deseo de arte, es un deseo de gozar, un deseo de voluptuosidad. Es un deseo muy constante, todo el tiempo, en todas partes. Sólo que eso no tiene nada que ver con un discurso sobre arte. Es algo (tal vez la única cosa) en donde los sentidos, los cinco sentidos son solicitados finalmente. Como en el amor por ejemplo, en el erotismo. El deseo de arte es un deseo erótico, evidentemente. No es un deseo social. Y no es posible democratizar el erotismo.
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(Traducción del francés, mauricio cruz)


[1]  "La obra considerada como un reflejo de la realidad social, donde, gracias a su impacto sobre la percepción del mundo de las masas, puede influenciar el curso de los acontecimientos. (...) De modo que la visión del mundo expresada en una obra es considerada como el reflejo de la historia, de los hechos sociales, de un un cierto estado de las relaciones de producción. Es, a grandes rasgos la célebre 'teoría del reflejo' formalizada por el teórico soviético Plékhanov."

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